Wednesday, May 25, 2016

Érase una vez

Érase una vez  un hombre tan sumamente distraído, que cuando se levantaba por las mañanas tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa, que por las noches casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le pasaría al despertar.

Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desvestía, anotaba el nombre de cada prenda y el lugar exacto en que la había dejado.

A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: “calzoncillo”. Allí estaba exacto donde anotado. “Camisa”. Ahí colgada en el lugar preciso. Se la pone. “Pantalón”. En el perchero a la vista, justo dónde lo escribió. Se lo pone. “Calcetines”. “Zapatos”. Ya dispuestos a ponerse, colocados al lado de la cama. “Gorro”. En el escritorio, tal y como lo anotó anoche. Contento de poder recordar, se vistió de pies a cabeza.

Estaba verdaderamente encantando nuestro hombre cuando de repente le asaltó un horrible pensamiento: “Y yo… ¿dónde estoy yo?”

Había olvidado anotarlo.

Se puso a buscar y buscar frenéticamente, pero en vano.

No pudo encontrarse a sí mismo.

No encontrase a sí mismo: he ahí el padecer de la condición humana.

Hasta que nos miramos al espejo para decirnos: mira, merece la pena verte de nuevo. Ver tras el rostro que miro reflejado en el espejo.

¿Ese rostro soy yo? ¿Quién es el que se ve mirando?

Espejos multiplican al infinito los reflejos del rostro que se mira desde afuera.

Quizá convenga soltar rostros y abandonar espejos. Y verse de nuevo adentro.

Entonces, quizá, el encuentro consigo sea lo único que valga buscar y recordar.



Acabando las etapas de nuestra vida

 

Todo pasa. Acepta esa verdad. Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la serenidad del ahora y la fuerza de renovarte. Acabar etapas, cerrar círculos, cerrar puertas, terminar capítulos, pasar la página, poner punto final, hay muchas maneras de decirlo: lo importante es cerrar el pasado, acabar ese resentimiento, sanar esa culpa, que estorba tu paz. Deja ir esos momentos que se te van clausurando, que pasaron, se fueron, quedaron atrás, no son parte de tu presente, no son tu realidad actual, no son tu verdad, no existen ahora.

¿Terminó tu trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte a otro lugar? ¿La amistad se acabó? ¿Tu marido no te ama? ¿Tu esposa se fue con otro? ¿Te traicionó quien menos imaginabas? ¿Creíste te amaba y al final sólo eras “una más”? ¿Te sorprende, acaso no lo intuías? ¿Llegó la muerte al ser amado? ¿Crees injusto e inmerecido lo que te pasó? ¿Por qué te entregas con tanta sinceridad, para terminar con tanta mentira? Si sigues con esos resentimientos, remordimientos, rencores, frustraciones, malgastas tu precioso presente rumiando innumerables porqués, repitiendo la escena de lamentar lo que pudiste hacer pero no hiciste, lo que pudo ocurrir y no ocurrió. Deja el melodrama trágico, suelta esa narración en tu memoria. Ese desgaste de energía no termina si sigues echando leña a la hoguera de recuerdos. Apágala ya. Recuerda que estamos abocados a cerrar capítulos, a terminar etapas, a clausurar momentos, a pasar la página, a dar por terminado, a poner punto final. Todo pasa. Acepta esa verdad. Con serenidad. Vive tu presente. En paz. 

No puedes vivir el presente resintiendo del pasado, maldiciendo lo que ocurrió, ni preguntándote por qué Dios mío, por qué a mí, por qué si yo fui sincera, si di lo mejor de mí, por qué sufrir. A lo sucedido, dale punto final. Suelta esa página, pásala. Baja el telón. Hay que soltar. Despréndete. Esa escena de tu drama ya se acabó. Telón bajado. No podemos permanecer como niños eternos, ni adultos infantiles, ni empleados de empresa inexistente, ni aferrarnos si él o ella no quiere estar vinculado, ni vivir de apariencias irreales, de máscaras. Las cosas pasan, déjalas pasar. Suelta. Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos físicos, cambiar de casa, irnos del lugar, quemar papeles, eliminar fotos, borrar textos, regalar ropas y prendas, no ver a esa persona, tomar distancia, ir de vacaciones, cambiar peinado, relajar nervios, andar descalzos en la tierra, hacer ritos simbólicos de echar apegos y recuerdos a la mar, y más cambios externos que simbolizan procesos internos de liberación. Suelta, despréndete, usa tu libertad de decidir, tu voluntad de actuar, tu coraje de revivir y recrearte. En la vida no juegues con las cartas marcadas, tienes que aceptar lo imprevisible, lo que no controlas, y es mucho lo que no puedes controlar, aunque quieras. Hay que dejar ir, pasar la página, empezar de nuevo. El pasado pasó. Suéltalo. Déjalo ir. Sólo vives el presente, ahora, sin pasado de resentimientos ni presentes de culpa ni futuros de miedos. Ahora estás en paz. Ahora no pasa nada. Tu serenidad es un presente libre.

No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres en verdad. No vivas con expectativas queriendo controlar a los demás para que se molden a lo que tú crees deben ser. Deja la obsesión de cambiar y controlar a los demás.

Suelta esa amargura, sana esa memoria, deja ir ese recuerdo obsesivo, apaga ese programa mental que repite constantemente las mismas escenas y los mismos recuerdos, que ya no existen, dejaron de ser, ya pasaron, no existen ahora. Lo único que consigues es envenenar tu vida de recuerdos inexistentes, de lágrimas inútiles, de depresiones innecesarias, de tristezas sinsentido.   

Camina hacia delante. ¿Qué ganas con caminar mirando atrás con el espejo retrovisor? Proyéctate a la persona que puedes ser, que quieres ser, que ansías ser, que debes ser. Que en verdad eres. Si andas por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, fantaseando a que el pasado vuelva de manera diferente, no podrás desprenderte de ese pasado que te aprisiona. Noviazgos acabados, amistades frustradas, matrimonios terminados, relaciones que no clausuran, posibilidades de "regresar" (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, expectativas que empeoraron la situación. Enfrentarte ¿a qué? Luchar ¿para qué? Vuela libre. Salta por encima de esas luchas y enfrentamientos que no sirven de nada a tu vida. Cierra el capítulo, pasa la página, termina ese drama, acaba esa escena, baja el telón. Comienza de nuevo. El futuro lo creas ahora. Empiezas con tu página en blanco. ¿Para qué dañarla con los borrones de ayer?

Dite a ti misma que no, definitivamente no, no vuelves al pasado, a esa persona, a esa situación, a ese recuerdo, a ese lugar, a esa tristeza, a ese dolor, a ese llanto inútil. Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque tu ya no encajas allí, en ese lugar, en esa persona, en esa habitación, en esa casa, en ese trabajo, en ese pasado. Tú no eres la misma que se fue, hace dos días, tres meses, hace años, por tanto, no hay nada a que volver. Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Ni tu serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida todo fluye, nada es estático, todo pasa. Vives fluyendo por encima de las cosas. Te amas, te cuidas y te quieres. Si te amas sabrás desprenderte de lo que ya no es tu vida, y acaso ni siquiera fue. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, ni un objeto, ni un recuerdo, absolutamente nada es vital para vivir porque cuando viniste al mundo llegaste desnuda sin ese adhesivo. Sólo te acostumbraste a vivir pegado a él o ella o de cualquier apego innecesario. Ahora disponte a aprender a vivir sin él o ella, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir. 

Puedes aprender a hacerlo, haciéndolo. Aprendes a soltar soltando, a dejar dejando, a cerrar cerrando, a terminar terminando, a liberar liberándote. Lo puedes lograr, lo vas a lograr, lo logras por el poder espiritual de tu mente libre que decide. Sólo es costumbre, apego, adhesión, manía, neurosis. Pero en verdad no necesitas para nada eso que crees te esclaviza, son cadenas ilusorias. Así que decide ahora mismo, no luego ni mañana, sino ahora en este instante, actúa para cerrar, clausurar, limpiar, abandonar, retirar, tirar, botar, desprender, soltar esa carga que te pesa, no te deja avanzar hacia delante, te impide ver opciones.  Escoge tu palabra preferida que te atraiga: cerrar, soltar, liberar, clausurar, terminar, acabar, sanar, cualquiera te ayudará definitivamente a caminar hacia delante, en paz. Confía en tu poder de tomar decisiones, en tu libertad de actuar, en tu inteligencia para saber lo que más te conviene. Confía en Dios o el Ser que desees imaginar. Ten fe. Basta muy poca, sólo un granito. Confía en tu corazón, tu intuición, tu corazonada, la voz de sabiduría que aprendió a escuchar el Principito.   

Un valle de lágrimas, dicen es el mundo. Vivir duele, a veces. Pero no seas melodramática. Si tienes la fortuna de comer dos veces hoy, dormir bajo un techo, tener ropa que ponerte, eres privilegiado del mundo. Deja esa amargura que detiene tu vida, suelta esa depresión que te entristece. Recupera la alegría de hacer el bien a los demás, la satisfacción de hacer algo bueno por el mundo, la ilusión de ayudar a otra persona que sufre. Mucha gente sufre de soledad, viven en abandono. Ora por ellos. Si puedes, ayuda a aliviar el sufrimiento. La generosidad es un poder sanador. El amor es la auténtica felicidad. Ama tu vida, si no te amas ¿cómo vas a ser feliz? Y si no tienes alegría en tu alma ¿cómo harás feliz a otros?

Ahora empieza la nueva página de tu vida, está en blanco, así debe ser. Date permiso a ser feliz.  Todo pasa. Ya ves, esta lectura ya pasó, hace un rato empezaste a leer. Todo se acaba. Todo está bien. Todo tiene un propósito. Lo enseñaron Buda y Jesús. Compasión. Perdonar. Amar.


Sonríe un poco más. Dale a la vida el don de tu alegría. 

Conocimientos a educar



Desde que Platón inicia filosofar educación, se debate qué conocimientos deberían saber los ciudadanos que habitan una polis, una ciudad, una cultura, un pueblo, una civilización, y hoy  siglo 21, la ciudadanía global. Los conocimientos representan las tradiciones culturales de valores, creencias, ideas, prácticas sociales, que se transmiten de generación en generación. Las instituciones educativas son los ámbitos sociales que intencionalmente se especializan en seleccionar, organizar, transmitir y raras veces producir conocimientos. La manera habitual de ordenar conocimientos es en asignaturas curriculares. Muchos conocimientos que se obligan a estudiar colapsan bajo el peso de la irrelevancia, el fraude, el dogmatismo. Algunas pocas instituciones se aventuran a ensayar enfoques transdisciplinarios, tarea nada fácil ni sencilla, que requiere inteligencia, imaginación, creatividad y amplia cultura. Tres autores que imagina nuevos conocimientos a educar son Edgar Morin (7 Saberes al futuro), Joel Spring (New Paradigm for Global School Systems), y Humberto Maturana (Realidad ¿objetiva o construida?). Resumo sus ideas para conversarlas en clase.

Educación que cure la ceguera del dogmatismo. Todo conocimiento conlleva el riesgo de la ilusión engañosa. El conocimiento es frágil, se expone a alucinaciones de percepción, de mal juicio, perturbaciones emocionales, ruidos cognitivos, la influencia distorsionadora de las pasiones, condicionamientos, conformismo, supersticiones ideológicas y simplificadoras de todo tipo. Necesitamos una educación para detectar y subsanar errores de conocimientos fundamentalistas y fanáticos. Educación para pensar las ideas con sentido común y crítico, y si se dice “esta idea me parece cierta o importante”, cuidarse de no ser destruidos por ella. 

Educación de conocimientos pertinentes. Ante la información abrumadora y manipuladora, necesitamos educación para saber qué es relevante y verdadero. Ante tantos problemas, necesitamos discernir reales de ficticios, causas de efectos, central de periférico, prioritario de accidental. Educar para comprender los contextos, lo multidimensional, la interacción compleja de los elementos.  Educar para preguntar ¿ese conocimiento nos hace mejores personas, más felices, más solidarias, más compasivas, en paz, amorosos?

Educación para saber convivir con la condición humana. Conocimiento es contextualizado: quiénes somos es inseparable de dónde estamos, de dónde venimos, a dónde vamos, con quiénes estamos, qué hacemos en la vida. Lo humano se desarrolla en bucles: i) cerebro-mente-cultura; ii) razón-afecto-impulso; iii) individuo-sociedad-especie; iv) local-global.; v) inmanente-trascendente; vi) adentro-afuera. El desarrollo humano integra estos bucles.   

Educación para la identidad planetaria. La historia humana comenzó con una dispersión, la diáspora humana hacia regiones que eran aisladas durante milenios, produciendo gran diversidad de lenguas, culturas, religiones, formas de gobierno. La revolución tecnológica y la globalización conectan pueblos y culturas. Necesitamos una educación en la tolerancia de las diferencias. Más allá de globalización comercial, es una educación del desarrollo mental y espiritual en reconocer habitamos un mismo territorio planetario, una misma ecología.

Educación para enfrentar incertidumbre serenamente. Sociedades creen su perpetuación se produce de forma natural. El Imperio Romano, dilatado en tiempo y espacio, fue paradigma de la seguridad de pervivir. Se derrumbó, como todo imperio. El siglo XX destruyó la predictibilidad del futuro como extrapolación del presente. Educar para vivir sin certezas, navegar en océano de incertidumbres, en archipiélagos de certezas, no a la inversa.  

Educación para la comprensión. Comprensión de sí. Comprensión de otros. Comprensión de los contextos y las ideas. Comprensión de las relaciones. La comprensión es amenazada por la incomprensión de códigos éticos, costumbres, opciones políticas y religiosas de otros. Los grandes enemigos son egoísmo, etnocentrismo y sociocentrismo. Educar la comprensión hace pensar la conveniencia de sociedades democráticas, pluralistas, tolerantes, libres.  

Educación en ética universal. Siglos 15 y 16 fueron históricos por viajes de descubrimiento que demostraron vivimos un mundo esférico. Siglo 18 fue la primera declaración universal de derechos humanos. Siglo 20 hizo posible viajar al espacio y mirar desde afuera al Planeta Tierra, literalmente, como un solo mundo. En siglo 21 hemos de educar una ética universal capaz de detener la destrucción del Planeta y desarrollar modos de convivencia en paz, en justicia, libertad, derechos y deberes ciudadanos, saber cuidarnos con más amor.

Educación transdisciplinaria. Los currículos se conforman en disciplinas fragmentadas en especialidades. Se empobrece la visión holista del conocimiento, se pierde el sentido de unidad antropológica en la diversidad, no permite un pensamiento complejo y sistémico de comprender la realidad. Necesitamos educación que trascienda las disciplinas segregadas, en conjuntos de conocimientos más vastos, integrados y dinámicos.

Educación en y para la ética compasiva. El Evangelio de Lucas (Lc 10, 30-38) relata que un samaritano responde al dolor de un hombre herido. Intento exégesis.  La historia comienza cuando un doctor de la Ley pregunta a Jesús “¿quién es mi prójimo?”. Jesús invierte radicalmente la pregunta. No quién es su prójimo sino de quién él es prójimo. Lo relevante no es “quien es mi prójimo”, sino “de quién soy prójimo yo”. Jesús en el relato del samaritano le dice al doctor de ley que ser ético es partir del dolor del otro y responder compasivamente a su dolor. Lo decisivo no es el deber moral, sino la respuesta ética, porque los tres caminantes poseen moral, pero sólo uno, el samaritano, responde a la interpelación del otro, y, lo más importante, la da en contra del “yo moral” del sacerdote y el levita interesados por el deber.

El samaritano intenta adecuar su respuesta a una situación singular, sabiendo que nunca será suficientemente adecuada, porque él no es competente en responder, no sabe cómo debe responder, porque su respuesta no puede “encajar” en una norma, todo lo contrario, la tiene que infringir. Si el samaritano hubiera actuado por deber respetando la ley, nunca se habría detenido a ayudar al hombre herido. Lo decisivo en la ética de la compasión no es la obediencia al deber, al imperativo kantiano, sino la forma de responder a la interpelación ajena, a la presencia y la ausencia del otro, a su necesidad. No hay manera apriorística de saber la respuesta correcta antes de la interpelación. Si hay ética es precisamente porque no se es competente moralmente, no podremos serlo, siempre vivimos en la provisionalidad, la revisión, la recontextualización, por tanto, no puede existir una “buena conciencia ética” (la arrogancia moral del religioso). Para ser compasivo el samaritano tuvo que desobedecer la ley moral de su imaginario social del judaísmo. El samaritano improvisa respuesta al dolor del prójimo en la espontaneidad de su corazón compasivo. Ser ético es no sentirse nunca lo suficientemente bueno, no alardear rectitud ante Dios y los demás, y, sobretodo, retar las leyes morales que matan el espíritu del amor compasivo que fluyó espontáneamente, sin un cálculo de pros y contras, sin deliberar intelectualmente. El samaritano en la pureza del amor.


Tres conceptos de filosofía y filosofar



Una paradoja es que todo el mundo cree saber qué es filosofía, sin embargo, sus practicantes, los filósofos, no están de acuerdo en definirla. Algunos incluso sostienen es superfluo definir lo indefinible, por la simple razón de que definición nominal de diccionario, léxico o etimología, no comunica la experiencia de filosofar. Pero se puede pedir, con razón, a quienes realizan una acción comunicativa con intención de efectuar un cambio en otros o en uno mismo -cambio mental, emocional, conductual, espiritual- que esclarezca precisamente qué hacen y por qué. De hecho, en las acciones de todo trabajo hay alguna intención de surtir un efecto. Si la acción tiene un fin intrínseco, el hecho de hacerla es su propio objetivo: lo hago por disfrutar hacerlo.

El problema en filosofar es que los filósofos, al escribir o hablar, hacen una acción que no es fácil de explicar. La filosofía es históricamente una actividad realizada de modo tan múltiple y variado que la barbería donde dan lustro a mi cabellera tiene un letrero: “Nuestra filosofía es recortar clientes felices”. ¿Es filosofía? Quizá. Sin embargo, este curso sugiere conceptos alternativos. Sin ánimo de zanjar las definiciones ni de anular los matices y las variaciones, indicamos tres facetas históricamente consideradas en el quehacer filosófico: reflexión crítica, concepción del mundo y sentido de la vida.

La reflexión crítica podría ser designada con nombres más técnicos, como análisis lógico y lingüístico, definición de conceptos, indagación de categorías, investigación de datos últimos y principios, arjé, fundamentos del conocer y praxis, esclarecimiento de métodos, clarificación de supuestos, deconstrucción de ideas y prácticas, etc. Es lo que hacía Sócrates mediante el diálogo que buscaba la definición general y las relaciones entre los conceptos y las experiencias de sus interlocutores; Aristóteles al trazar el cuadro de categorías y estudiar sistemáticamente lógica, retórica, ética o política; Bacon al fundamentar  método inductivo; Descartes en Discurso del método; Locke en Ensayo sobre el entendimiento humano; Husserl en Investigaciones lógicas; lo que Kant, dirigiendo la mirada crítica en toda dirección de la actividad humana, ofreció como fundamentación de la ciencia, la moralidad y el arte en sus tres Críticas. Son filósofos ejemplares que ilustran este filosofar.

Desde este punto de vista, la filosofía es una reflexión sobre los problemas del conocimiento, la acción, la creación, la historia, la naturaleza, el mundo o la existencia. Trabaja sobre lo ya dado por la ciencia, la praxis moral, la creación artística, los saberes de la tradición disciplinar, las prácticas culturales, sociopolíticas y tecnológicas, la vida cotidiana; es la filosofía que indaga acerca de las realizaciones ya producidas. Es una especie de meta-saber, saber segundo, de las texturas internas, articulaciones entre las cosas y las formas de lo ya dado, es un cuestionar lo familiar y conocido, a manera de tomar distancia para hacer la radiografía crítica o una foto en negativo (como films de antes) que permite ver por dentro de otro modo las mismas cosas; es un modo de filosofar para entender realidades existentes y no descubrir lo inédito. Lo descubierto por la reflexión crítica es la acción de desvelar velos que cubren experiencias, palabras, ideas y creencias, prejuicios, complacencia, ideologías, dogmatismos, fanatismos.

Como concepción del mundo, en cambio, la filosofía pretende sobrepasar lo dado y abrazar, en una mirada amplia, holista, sintética, la realidad de conjunto, descubriendo nuevos panoramas y formas de ser. La concepción del mundo, en el sentido aquí entendido, comprende muchas cosas: visión transcendente, intuición del absoluto, generalización inductiva, síntesis última de conocimientos, unificación de las ciencias y las experiencias, desvelamiento del ser, dialéctica de la idea y la naturaleza, saber universal, etc. Esta es la forma del quehacer filosófico que da sustento a las formulaciones metafísicas de todo género, a las especulaciones ontológicas, a las cosmologías, las teologías religiosas y tendencias del misticismo de filosofías en Oriente y Occidente. Los nombres de grandes especuladores como Platón, Plotino, Tomás de Aquino, Hegel, Whitehead, ilustran bien esta forma del filosofar.

La búsqueda de un sentido de vivir  es una vertiente histórica de la filosofía en que filosofar es un acto que nace de una zona profunda del ser, usualmente ante el sufrimiento o el sinsentido de las cosas en que interrogamos, precisamente, qué sentido tiene vivir en medio del absurdo del mundo y las crisis existenciales propias. El mito nietzscheano del “eterno retorno” plantea cómo los humanos pueden hallar sentido en la vida. ¿Se está dispuesto, se pregunta Nietzsche en Gaya Ciencia, a decir un “sí” tan apasionado a cada momento de la existencia que uno volvería a tomar las mismas decisiones otra vez, incluso aunque se repitieran eternamente? Es la búsqueda de razones para no sólo existir, sino querer existir en un mundo hostil a la existencia en que sufrir y morir son constantes. La búsqueda en Job y Eclesiastés; Kierkegaard en su impulso melancólico; Sartre proclamando somos “pasión inútil” al final del Ser y la nada; Levinas que busca trascenderse a sí mismo en la alteridad amorosa; Kant que venera en su corazón la “ley moral en mí”; Platón que evocó la “luz” prodigada por el sol como condición del saber de todas las cosas; Sócrates en su admonición de examinar la vida que merezca vivirse.

En tantos y ilustres ejemplos, el sentido de vivir es la toma de consciencia de los lazos que tejen la trama de nuestra vida. Es un filosofar arriesgado, difícil, incierto, en la aventura de la vida humana, un diálogo interior, duro en ocasiones al buscar en el sufrimiento si hay sentido de vivir. Ese filosofar es verificable en cada persona a la hora de querer explicarse su drama existencial. El diálogo interior es sustrato del conjunto de nuestras experiencias. ¿No vale la pena investigar, o decidirse a investigar, si existe algún bien verdadero que haga la vida digna de ser vivida?, se preguntaba Spinoza, ese gran filósofo que honró su vida filosófica. Es Boecio en la mazmorra, a punto de ser decapitado, al conversar con Filosofía en la Consolación de Filosofía. Pero no exageremos el melodrama. El sentido de vivir es también alegre, vivaz, contentamiento con el ser, sentido de humor, saber reírse en las paradojas y absurdos del vivir.

Saber/sabor/sabiduría tiene orígenes semánticos comunes. Vida que sabe bien se sabe vivir bien.  

¿Qué es saber vivir bien? Buena pregunta para empezar a filosofar la filosofía y la educación.


Quién soy? Ejercicio de filosofía educativa

Yo te conozco, sé quién eres. Frase típica cuando se quiere culpar, advertir, regañar, amonestar, diciéndonos nos conocen, están seguro saber quién soy; quizá es cierto que alguien nos conozca en un rasgo del carácter o alguna conducta. Pero cuidado con afirmaciones tajantes. En realidad, nadie nos conoce, ni uno se conoce con certeza indudable.

La máxima “conócete a ti mismo” es aspiración vitalicia en buscar la autenticidad del ser. Es el saber más valioso en educación. ¿Qué o quién soy?, pregunta cumbre en filosofía, psicología, religión, espiritualidad, educación. Cuando yo digo me conozco ¿quién es el “yo” que me dice me conoce?    

Construimos aparatos que ven galaxias, investigamos código genético en laboratorios, creamos obras magistrales en literatura y artes, edificamos en arquitectura e ingeniería obras magníficas.
Conocemos mucho. Pero quien hace tantas maravillas apenas sabe de sí mismo.  

Me miro en el espejo. ¿Qué veo? Una imagen. ¿De quién? De mí mirándome. ¿Quién? De un “yo” con señas que creo son mi identidad: rostro, nombre, raza, edad, familia, cultura, mi biografía en un instante ante un espejo. El espejo es una superficie de cristal cubierto de mercurio, una plancha de metal en que se refleja la luz y las imágenes de los objetos. Ese rostro reflejado en el espejo ¿quién es? Quien fabrica espejos exactamente pulidos no sabe a ciencia cierta quién es el fabricante de ese espejo.

Sube el telón. Me dan mala noticia. No puede ser, cómo es posible, me digo furiosos. Si me veo en el espejo ¿qué veo? Mi rostro enojado diciéndome ese desgraciado me las va a pagar. Veo mi cara vengativa. Baja el telón. Cambia escena. Ahora me dicen riéndose era sólo un  prank bromeando. Regreso al espejo, ¿qué veo? Otro rostro, otra mirada, otros sentimientos.  

El espejo refleja en nuestro rostro estados de ánimo, sentimientos, pensamientos, del que mira. ¿El “yo” furioso es el “yo” sonriente? ¿Personajes distintos en mí? ¿Hay un yo dirigiendo la obra de mi vida? ¿Qué determina o condiciona mis sentimientos, actitudes, pensamientos, acciones? ¿Fuerzas externas que no controlo? ¿Decisiones internas? ¿Existe un “ser” independiente de mis múltiples personajes? ¿En el trasfondo, en el fondo, en el centro, por encima, dónde está, quién es, si es que existe, y si existe, es material o inmaterial? ¿Soy un caos?

A veces actúo con inteligencia. A veces actúo estúpidamente. Y en ambas ocasiones me veo a mí, soy yo, inteligente y estúpido. Es una inconsistencia tan común, tan familiar y generalizada que la damos como normal sin cuestionarnos ¿por qué esa fragmentación interior? Y con los demás, ¿por qué somos a veces amables y a veces entorpecemos la vida ajena? ¿Por qué?

Suponemos la educación institucional -escuelas, universidades- ayuda a resolver la ignorancia, el analfabetismo, mediante muchas materias en el currículo que se enseñan y se aprenden. Pero tantas personas graduandas que son ignorantes de sí mismos, analfabetos en leer su propia vida con sentido. ¿Por qué?  Graduandos con diplomas, títulos y profesiones, incapaces de profesar la auténtica sabiduría de saber vivir bien, en el conocimiento de sí. ¿Por qué? Tanto dinero, tantos recursos, tanto tiempo y tanta energía que se invierte o gasta en las escuelas, sin capacitarnos a saber quiénes somos y cómo vivir dignamente. ¿Por qué?


Monday, June 1, 2015

Filosofar la Educación en tres preguntas


1. ¿Qué función hacemos al filosofar la educación?
2. ¿Qué pensamos al filosofar la educación? 
3. ¿Qué preguntas hacemos al filosofar la educación?    

1. Por función entendemos la actividad intelectual al servicio de algo: aquí, la actividad de filosofar al servicio de la educación. En términos simbólicos de lógica, la relación entre dos magnitudes, la filosofía como modo de pensar, y la educación como quehacer cultural. Tal es el trabajo intelectual de filosofar aplicado a la educación. La filosofía en el sentido original de amar la sabiduría; en el sentido aristotélico del pensamiento por construir una teoría racional de la realidad; y en sentido moderno del pensar crítico-analítico; en las tres interpretaciones históricas de la filosofía, la actividad de filosofar se aplica a todo conocimiento y quehacer humano: sexualidad, historia, ciencias, política, economía, religión, trabajos, tecnologías, derechos, el universo, hasta filosofar la misma filosofía. En educación, la función de filosofar se aplica a siete cuestiones relevantes: idea del humano; lenguaje; conocimiento; fines educativos; pedagogía; autores y escuelas de pensamiento; y propuestas de filosofía educativa. Veamos cada asunto sucintamente.

Idea del humano. Personas cultas e inteligentes están convencidas que sus hijos se educan bien en colegios religiosos que enseñan doctrinas imprescindibles para salvar su alma. ¿Por qué? Otro ejemplo. Tan pronto el castrismo marxista se oficializó en Cuba, se eliminaron los colegios privados, muchos religiosos, instaurando escuela pública que adoctrina afirmando la religión es un error de la mente humana que esclaviza las sociedades. ¿Por qué? ¿Por qué tales pretensiones y no otras? ¿Por qué tales ideas sobre el ser humano? ¿Por qué transferir esas ideas a las escuelas? ¿Por qué unas prácticas educativas en vez de otra? ¿Por qué una idea del ser humano se postula superior a otra? A causa de lo que los alemanes denominan Weltansschauung, en español cosmovisión de mundo, en lenguaje común, una filosofía de vida. Desde que disponemos de textos escritos se constata la estrecha relación entre  cosmovisión, idea del humano y educación. Toda educación se vincula a una representación de quiénes o qué somos y qué hacemos en el mundo. No hay educación sin valoraciones antropológicas, sin un modelo o ideal de lo humano y cosmovisión de vida. ¿Cómo podría la educación actuar desprovista de alguna idea en torno al sentido de la existencia humana? Se educa desde una concepción de quiénes somos, de dónde venimos, qué hacemos en el mundo y a dónde vamos. Será más o menos articulada o explícita, más o menos clara o confusa, pero siempre en la educación subyace una cosmovisión de vida. La función: visión de mundo y del ser humano que subyace y condiciona la educación.

Lenguaje. Los humanos hablan y comunican su pensamiento a sus semejantes. La filosofía se ocupa del lenguaje desde sus inicios. Filosofar es, entre otras cosas, averiguar qué se dice con palabras que alguien habla o escribe. Ya Platón en Cratilo enfrentó el problema de la convencionalidad o no del lenguaje, del sentido de las palabras cuando tienen diferentes significados. ¿Qué significa educar y democracia en el enunciado “eduquemos para la democracia”? Es un trabajo analítico de depurar léxico y sintaxis, y precisar el sentido de lo que se dice. El lenguaje nos constituye como humanos y es constitutivo de la racionalidad, del “logos”-en griego logos designa a la vez palabra y razón-. Dado que un proceso educador es un acto de comunicación y que el lenguaje constituye la mediación comunicativa más importante, es razonable que la filosofía educativa se dedique a la tarea de clarificar e interpretar los lenguajes usados en educación. De lo contrario, se nos arma el lío de Babel. La función: saber de qué hablamos para entendernos.

Conocimiento. La educación es un todo biológico, psíquico y social en humanizarse. En ese proceso evolutivo de aprender a ser humanos domesticando los instintos salvajes (Leviatán, Hobbes) para convivir socialmente sin destruirnos, la educación y el conocimiento tienen un papel central. Desde el nacimiento se observa una fuerte tendencia humana a conocer, a querer saber y averiguarlo todo. Educar supone la pretensión de conocer, y no conocer de cualquier manera, sino de tal forma que se tenga la impresión de conocer correctamente, no opinión o algo falso.  Decir “conozco” ¿qué significa? ¿Qué es conocer satisfactoriamente, a diferencia de tener opinión? ¿Cómo consta que conocemos? Es un trabajo epistemológico. Epistemología proviene del griego epistamai -imponerse en algo porque se está seguro- y sustantivo epistéme, conocimiento confiable . ¿Qué propiedades tiene un conocimiento que convierte en fiable un enunciado, razonamiento o investigación? Hay algo que anima la epistemología desde siempre: el recurso a la idea de verdad como idea reguladora. Aunque no tengamos certezas absolutas, esto no quita la pretensión a la verdad de cada concepción epistemológica. De hecho, todo currículo educativo del kínder a la universidad se justifica desde el supuesto epistémico que las disciplinas, contenidos, experiencias e investigaciones que se estudien buscan conocimientos pertinentes, útiles, confiables, no fraudulentos, sino verdaderos. La función: validez, pertinencia o veracidad del conocimiento que se relacione con teorías y prácticas educativas. 

Fines educativos. Si un comité curricular o estado político, proponen una determinada idea o práctica educativa, lo que hacen es proponer concepciones cosmológicas, antropológicas y políticas, más o menos claras, que justifican la educación. A partir de esas concepciones, habrá malas o buenas, peores o mejores educaciones según los propósitos y los resultados. ¿Qué educación es mejor para la niñez, un país, la humanidad? ¿Con qué razones se emiten juicios a favor de una educación con mayor legitimidad? Es un trabajo filosófico sobre los fines y valores. Los términos filosóficos son teleología y axiología. Precisemos la etimología.
Fines: el latín finis indicaba dos ideas simultáneas, límite o término de una cosa, un proceso, un ser; y aquello que perfecciona algo, da sentido, lo acaba, hace completo. Teleología: el verbo griego tello quería decir acabar su vuelta; télos significó fin y término. En Aristóteles es el estudio de las causas finales de lo existente, a lo que tiende y lo perfecciona. 

Axiología. El verbo griego axióo significa estimo, juzgo, digno, justo, valioso. La etimología de la palabra “fin” sugiere convincentemente que la educación es inseparable de la noción del por qué, para qué . La función: los fines y valores que justifican una educación.      

Pedagogía. Por pedagogía entendemos supuestos y condiciones bajo las cuales se educa de manera intencional o sistemática, atendiendo cuestiones básicas de enseñar, aprender, evaluar, currículo, planificación académica, estándares, perfiles de graduados, y otros. Cada cuestión es material reflexivo de filosofar el sentido o sin sentido, las razones o sinrazones de ideas y prácticas pedagógicas. La función: esclarecer y problematizar los presupuestos y el sentido de lo que se hace pedagógicamente en instituciones educativas.  
  
Autores y escuelas de pensamiento. No empezamos en el punto 0 histórico de filosofar la educación. Anteceden milenios de abundante pensamiento y experiencia. Desde siglos VI a III a.C. mentes prodigiosas ya pensaron lo que hoy pensamos . Sólo un ego notablemente inflado y desquiciado quiere reinventarse en Platón. Al filósofo se le estudia bien y luego se aprende a pensar sus ideas de entonces desde el tiempo de hoy. Así mismo con los demás filósofos y escuelas que han surgido en la historia del pensar educativo. La función: conocer autores y tradiciones en la historia de la filosofía educativa. 

Propuestas de filosofía educativa. En ocasiones, en el sector educativo público y privado, las escuelas y universidades solicitan asesoramiento de escritores, docentes e investigadores en filosofía educativa para dar ideas o formular propuestas. Es petición apreciable dada la oportunidad de obtener ingresos extras en estos tiempos de vacas flacas o incluso cuando engorden. La función: idear agendas, propuestas o proyectos de filosofía educativa. 

2. ¿Qué pensamos? Pensamos contenidos: cuando se piensa, se piensa en algo o alguien. Demos el nombre de “contenidos” a las ideas, lenguajes, imágenes, narraciones, que piensa la mente (en filosofía medieval, sustancia; en industrias, materia prima). En las culturas orientales se practican ejercicios místicos de meditar el vacío mental para liberar apegos, adherencias o recuerdos que obstaculizan vivir el presente novedoso. Pero son técnicas extrañas a la mente racional occidental que gusta poblar el cerebro de contenidos. De hecho, un fin comúnmente aceptado de la educación occidental es lo contrario, a saber, ser conscientes del pensar, saber qué pensamos cuando pensamos, meta-cognición, re-flexionar o flexionar el pensamiento sobre sí. ¿Qué pensamos filosofar la educación? Pues pensamos contenidos en formas de preguntas, problemas o cuestiones relacionadas con las siguientes temáticas, entre otras.

Ser humano: idea de qué o quiénes somos, identidad, naturaleza, características humanas.

Educación: conceptos, fines, procesos, condiciones, políticas, sistemas, instituciones. 

Persona educada: rasgos, conocimientos, valores, habilidades, sensibilidades, contextos.

Vida buena: valores axiológicos -ética, estética-, sentido de vivir, felicidad, sabiduría.

Conocimiento: posibilidad, límites, tipos, ámbitos, producción, métodos, heurística.

Verdad: propiedades, justificación, validez, paradojas, teorías de la verdad.

Mundo: cosmovisión, cultura, política, economía, destino, evolución, derechos.

Currículo: criterios, conocimientos, diseño, desarrollo, ejecución, evaluación, revisión.

Pedagogía: enseñar, aprender, evaluar, poder, autoridad, libertad, responsabilidad.

Filosofía educativa: funciones, historia, corrientes, autores, ideas troncales.

3. ¿Qué preguntas? La educación se estudia y comprende desde diversos conocimientos que en sus múltiples facetas tienen tangencia con la educación: psicología, sociología, historia, economía, salud, política, investigación, gerencia y organización, comparación de sistemas, y otros, entre ellos el nuestro: filosofía. La filosofía aplicada a educación pregunta sobre los principios, causas, justificación, racionalidad, supuestos, lógica, sentido (cualquiera de esos conceptos sirve a la función de preguntar) de todo conocimiento que se pronuncie sobre la educación, que exprese algo por entender es importante o beneficioso en teoría o práctica. La filosofía hace tarea la hermenéutica de examinar todo conocimiento. Si un astrólogo dice que a los niños se debe hacer la carta natal al ingresar a la escuela ¿qué preguntas le haces?

Veamos preguntas sobre temas anteriores, desde luego, se traslapan.  

Ser humano: educar, hemos dicho, supone una idea del humano a educar. ¿Quién es? ¿Tiene una naturaleza? ¿Hay características típicas humanas? ¿Nacemos iguales? ¿Al nacer somos egocéntrico o altruista, buenos o malos, indiferentes como tabula rasa? Sabemos que el ser humano se deshumaniza en guerras y violencia, ¿por qué? ¿Hay que humanizar al humano? ¿Somos producto de la evolución natural, devenir histórico, karma, destino sagrado? ¿Es importante saber el origen y destino humano para educar? ¿La vida humana tiene sentido, finalidad, propósito; quién lo sabe, cómo lo sabe; a quién creer, qué creer, por qué creer? 

Persona educada: se presume se educa a los humanos; si la cotorra Petunia dice “dame una galletita o vete a la mierda”, podremos decir está bien adiestrada, pero no maleducada. ¿En qué consiste una persona educada? ¿Hay experiencias “educativas” diferentes a otras? ¿Ser educado se define según la cultura o la época histórica? ¿Ser educado significa ser mejor ser humano, ¿Educar y escolaridad es igual? ¿Un título o diploma representa un ser educado?

Vida buena: decir se educa con la finalidad de ser perversos o malignos es un sinsentido; educar tiene que ver con el bien -en filosofía, ética-. ¿Los humanos son buenos o malos por naturaleza? ¿Es la ética universal o relativa, subjetiva u objetiva? ¿En qué consiste una vida buena? ¿Debe la escuela fomentar una ética o una imagen de vivir bien? ¿Qué es, y cómo se aprende, a vivir bien? ¿Ser bueno es un fin educativo? ¿Estudiar ética es ser ético? ¿Existe relación entre ética, política, economía y educación? ¿Ser felices importa al educar?

Fines educativos: la educación responde a unos por qué y para qué, a fines y valores. ¿Qué fines justifican educar, quién decide, cómo, de dónde “salen” los fines? ¿Por qué hay estados que establecen fines educativos por ley pública? ¿Los fines educativos son iguales para todos, relativos según personas, dependen de las culturas? ¿Cómo saber si fines propuestos son de beneficio? ¿Cómo se relacionan fines con la vida buena y persona educada? ¿Cómo se relacionan los fines -aspecto abstracto- con la pedagogía -aspecto práctico-? Cuándo hay discrepancias entre teoría y práctica ¿a dónde buscar la razón, qué debe cambiarse, cómo se sabe, es una cuestión interconectada, en qué sentido? 

Mundo ideal: Itard no pudo educar al niño-lobo de Aveyron; es axiomático que el humano se educa en sociedades humanas. ¿Educar supone un ideal de mundo? ¿Con qué criterios? ¿El mundo evoluciona a modos superiores de perfección o es azar impredecible? ¿Debería la escuela fomentar valores políticos, económicos, culturales, religiosos? ¿O de hecho lo hace, ¿Escuelas deben ser agentes de cambio social? ¿Cómo relacionar educación, mundo ideal, fines educativos y persona educada? ¿Es preferible la democracia en educación? ¿Qué principios o razonamientos conceptúan el mundo al que deberíamos educar? ¿Por qué con tanta educación el mundo es tan maltrecho? ¿Pedir a la escuela educar para un mundo ideal no es injusto por irreal o impracticable? ¿Es el huevo o la gallina: cambiar escuela o mundo?

Conocimiento: en algunas naciones con condiciones socioculturales, políticas y económicas para establecer escolaridad obligatoria, se obliga por ley a las jóvenes generaciones a que asistan a la escuela. El supuesto es que los estudiantes deben conocer, pero ¿conocer qué? ¿Qué conocimientos deben ofrecer escuelas y universidades? ¿Por qué esos y no otros? ¿Qué condiciones posibilitan conocer? ¿Hay límites el conocimiento? ¿Por qué se clasifican conocimientos en taxonomías (bibliotecas)? ¿Existen en la realidad diferentes tipologías clases de conocimientos? ¿Suponen, de existir, diversas formas de conocer, ¿Hay relación entre el conocimiento con la verdad? ¿Qué es verdad (Pilatos quedó sin respuesta)? ¿Cómo saber si un conocimiento es verdad o falso, hay métodos de averiguarlo? ¿Hay objeciones contra la verdad? ¿De qué elementos depende la verdad de algo? ¿Qué diferencia certeza del error, ¿Se puede defender la noción de verdad sin derivar dogmatismo y escepticismo? ¿Los conocimientos son objetivos o subjetivos, relativos o universales?

Currículo: el currículo educativo es análogo al menú de restaurant, es decir, la oferta de alimentos educativos que en teoría son nutritivos al bienestar humano. ¿Cómo entender la relación entre currículo y conocimientos? ¿El currículo es universal para todos o selectivo para algunos? ¿Deber haber diferentes currículos para diferentes personas y poblaciones?, ¿De dónde emergen los contenidos del currículo? ¿Qué valores o ideas se pueden inferir de un currículo? ¿Se fija de antemano el currículo, se construye en el proceso de aprenderlo? ¿Qué relación, si alguna, puede haber entre el currículo, la autoridad y la libertad? ¿Con qué criterios o principios se determinan o deciden los conocimientos a incluir en un currículo? ¿En qué sentido relacionar currículo con persona educada, fines educativos, vida buena, pedagogía, mundo? ¿Hay currículos mejores que otros, cómo saberlo, con qué lógica? 

Pedagogía: la educación escolar o institucionalizada se asocia de manera natural a enseñar y aprender, pero ¿son iguales esos conceptos? ¿Toda enseñanza o aprendizaje educa ? ¿Hay criterios para saber si una enseñanza y aprendizaje es educa? ¿Con qué derecho unas personas se apropian del deber de enseñar a otras? ¿Por qué los estudiantes aprenden tan poco con tanta enseñanza durante tantos años? ¿La diversidad de conocimientos requiere diversidad de métodos de enseñar y aprender? ¿Hay una relación preferible entre los que educan y los que aprenden, entre maestros y estudiantes? ¿Esa relación depende del nivel de desarrollo de los estudiantes, del tipo de conocimiento, del método pedagógico, de qué? ¿Qué implica en pedagogía las nociones de poder, autoridad, libertad, responsabilidad? ¿La evaluación es consustancial al educar? ¿Es la felicidad un valor en la pedagogía? ¿Es la paz un valor pedagógico? De acuerdo a tradiciones filosóficas socrática, platónica y aristotélica, el ser humano se motiva de manera fuerte por tendencias naturales de éros, filía y ágape, es decir, modalidades del amor; y de acuerdo a la tradición filosófica moderna de la alteridad en los filósofos Buber, Ricoeur y Lévinas, la educación presupone un ethos o modo de ser con otro en términos de identidad recíproca-yo soy si los otros son-; tal identidad recíproca se funda en antropología de amor; pues bien, para decirlo claro, ¿la pedagogía se relaciona con el amor, en qué sentido, cómo, con qué límites y posibilidades? 

Hasta aquí llegamos, pero esto no tiene fin, por fortuna. Sin duda quedan en el tintero otras funciones, contenidos, preguntas e interpretaciones de filosofía educativa. Sólo hemos presentado una breve muestra para animar la conversación sobre la amplitud y la riqueza de filosofar la educación. 



Educación: significado conceptual



 La educación es una de esas realidades –como también política o religión- que parece ser conocida suficientemente por todo el mundo; al menos así lo parece cuando se observa la seguridad y la rotundidad con que cualquiera opina sobre ella. Hay una razón que lo justifica: prácticamente todo el mundo ha recibido educación o cuando menos, ha sido sometido a unas actividades que conoció con ese nombre; existe por tanto una experiencia más o menos común y compartida que apoya suponer que se conoce, y consecuentemente, se puede opinar sobre educación, como se dice, con conocimiento de causa. Sin embargo, oyendo tales opiniones, se percibe una discrepancia notable en cuanto a los matices e incluso respecto de los rasgos esenciales de qué, para qué y cómo educar. El significado conceptual de educación, a primera vista, no está claro, y su mismo referente es confuso. También ocurre con otros conceptos vinculados a la educación, a cuyo valor se asume conocer o asentir, pero su sentido y alcance resulta discutido a penas se empieza a hablar con cierta precisión: verdad, justicia, bien, libertad, igualdad, responsabilidad, derechos, enseñar, aprender, evaluar, etc. Conviene, pues, como primera tarea para el conocimiento del quehacer educativo, hacer una reflexión sobre el término y el concepto de educación[1].

El término educar tiene una etimología polisémica y ambivalente, pues procede tanto de educare como de educere, términos latinos de gran riqueza significativa. Educare significa “criar, cuidar, alimentar, formar o instruir”. Educere significa “sacar, extraer, avanzar, elevar”. Tal polisemia originaria, lejos de connotar ambigüedad, manifiesta la analogía lógica que expresa la pluralidad de dimensiones de la educación. Su significado no es vago o confuso, sino al contrario, rico en precisiones y referencias conceptuales, análogamente a como es fecunda la profunda realidad humana que denota.

En primer lugar, se descubre una referencia a actividades materiales como alimentar y extraer. La relación con nutrición es más que una metáfora ocasional. También el término griego paideia, que designa la educación, significa originariamente “nutrición”, y en este sentido es más que un dato histórico, pues perdura a lo largo del tiempo, casi hasta nuestros días: todavía a finales del siglo pasado se podía encontrar un libro titulado La educación de las abejas que era un tratado de apicultura de la nutrición y cuidado de las abejas. La etimología de “educación”, en su conjunto, muestra unos sentidos materiales correspondientes a actividades físicas en la sociedad, que son imágenes o semejanzas de la acción educativa. De la consideración de tales sentidos, puede concluirse ya ciertas notas conceptuales implicadas en la noción de educación:

a) la educación no es tanto “poner dentro”, sino más bien “sacar afuera”, o sea, extraer, lo cual supone que hay algo en el educando, un potencial latente cuya actualización le da sentido a la responsabilidad y autodeterminación que es esencial en educación;

b) “criar”, más ampliamente que “alimentar”, sugiere la existencia de un dinamismo propio del educando que debe favorecerse o promoverse; no se trata, pues, de una tarea productiva o fabril; la causa propia de tal dinamismo es ajena al educador, que puede, eso sí, potenciarla, ayudarla, pero la causa radica en el sujeto, el agente educando;

c) el significado de “avanzar” supone progreso, perfección; la acción de educar conlleva una mejora para quien se educa;

d) “elevar”, por otra parte, acentúa este sentido de mejora, en la dimensión simbólica de ‘altura’, esto es, de las aspiraciones y las realizaciones más elevadas en la vida humana;

e) “conducir” remite a una acción intencional e inteligente de quien educa, orientada por una finalidad o un propósito, no hay neutralidad en ello; el término “conducir” es fuerte si se toma por manipulación y control, pero esa no era la idea griega de paideia;

f) por último, en todos estos sentidos se recoge implícitamente el carácter de relación que tiene la acción de educar; no es nada que un sujeto -educador o educando- pueda realizar por separado o sin contar con reciprocidad en la actuación del otro; en otras palabras, no se puede educar uno mismo fuera de un contexto socio-cultural; ni tampoco se puede educar sin contar con la acción activa de quien se educa.

Trascendiendo el plano de actividades físicas a que se refiere originalmente el término “educación”, debe atenderse las implicaciones de tales elementos en acciones espirituales. Teniendo referencia originaria material, y no perdiéndola del todo en diferentes culturas, ya desde muy pronto paideia y educare empiezan a representar la actuación propiamente humana. Así Aristóteles cuando plantea si la paideia debe ocuparse más de la inteligencia o del carácter del alma[2], es decir, si al educar debe atenderse más al desarrollo del entendimiento (hoy se llama pensar crítico) o a la formación de la conducta (hoy se llama educación en valores). Aún en nuestro tiempo continúa vigente la pregunta de Aristóteles y la dificultad que le mueve a plantearla: no hay común acuerdo sobre la naturaleza intelectual o moral de la virtud -areté-. La educación, pues, se consolida como acción espiritual desde su origen, lo que es un proceso frecuente en la evolución semántica de las lenguas clásicas; así, por ejemplo, de liber –el adolescente que alcanza la capacidad de generación sexual-, viene libertas, la capacidad de obrar desde sí.

En la etimología de “educar” se apuntan también otros rasgos conceptuales derivados de los aspectos inmateriales supuestos en su significado:

a) la educación es una acción de humanos, no de cosas y objetos; esto es obvio, sin duda, pero sus implicaciones no lo son tanto. Cuando se estudia la educación, por ejemplo, debe adoptarse un talante diverso al de otras ciencias y saberes de carácter teórico o práctico. La realidad humana educativa se constituye desde el conocimiento del humano educando; yo puedo conocer lo que han hecho otros en astrofísica o ingeniería sin tener que “meterme en su piel” al decir de Unamuno; pero no conoceré verdaderamente una acción educativa hasta que no la haya realizado según mi conocimiento del fin y de los medios. La educación es un saber práctico, y no se rige por el conocimiento de la verdad de un objeto ni teoría de un fenómeno, sino por la experiencia de una praxis que transforma;
 
b) la educación conviene al humano en cuanto humano, aunque tengamos rasgos y genética animal de primates superiores; en la etimología educere y educare, según vimos, es posible hablar de la crianza y nutrición en los animales, pero esto se refiere sólo a los aspectos materiales u orgánicos; si tras la cría de animales cabe una actividad humana destinada a conseguir de ellos el ejercicio de determinadas habilidades que, de suyo, no se hubieran desarrollado en su ambiente natural, eso es ajeno a la crianza: es adiestrar, no educar. Si la cotorra Petunia dice “vete a la mierda” tiene mímica fonética, pero no es “maleducada”;

c) la educación tiene sentido integrador y de integridad; no cabe atender separadamente el cuerpo, sentimientos, mente, en sus diversas potencialidades o capacidades operativas; la unión sustancial que define ontológicamente al ser humano comporta que la educación sea integral, del ser humano entero; y más aún, los conocimientos que se aprenden deben reflejar esa integralidad epistemológica en los currículos educativos;

d) la educación, aunque atienda integralmente a todas las instancias operativas humanas, incide de modo primordial y directamente en las facultades mentales -pensamiento, razón, inteligencia-, de tal manera que pudiendo alcanzarse gran eficacia en el ejercicio de algunas habilidades corporales y sensoriales, no cabe hablar propiamente de educación si ese desarrollo no supone una mejora en la racionalidad, en la capacidad de pensar, en el uso de la inteligencia para guiar la vida; cuerpo robusto o atractivo por ejercicios o cirugías, con una mente malvada, mediocre o estúpida, no es la antropología educativa que proponemos;

e) el crecimiento corporal tiene tope, de lo contrario, la materia no sería finita; pero el humano como tal es capaz de crecer sin barra material, por eso vivir es radicalmente crecer en cuanto ser pensante, racional, y la educación, en cuanto que ayuda a ese crecimiento irrestricto, dura toda la vida; dadas las condiciones favorables, a pesar del cuerpo enfermo o envejecido, el humano es capaz de educar su sanidad mental con sabiduría y paz;

f) la educación es una acción recíproca, es imprescindible la concurrencia de las acciones del educador y del educando para que pueda hablarse realmente de educación. Se puede aprender por uno mismo, como también se puede enseñar sin ser atendido o comprendido; pero sólo cabe hablar de educación como una acción relacional interpersonal-social, esto es, como conjunción de acciones de los diversos sujetos. El tema polémico de la “educación a distancia” por medios tecnológicos lo trato en otro ensayo, aquí es evidente mi reticencia  a llamar educativa esa modalidad, dada la confusión entre información y conocimientos, y por el carácter eminentemente del trato humano relacional que comporta la educación;

g) la educación es una acción recíproca de ayuda; al educar se asiste a una acción del sujeto que aprende, se concurre al impulso natural propio del sujeto educando; éste no es materia informe e indefinida ante la educación, que no puede transformar algo inerte. El principio de actuación educativa no está en el educador, sino en el educando. Como toda ayuda, debe ser proporcionada a requerimientos o necesidades de quien la recibe, de quien realmente “se mueve” decía Montessori. Esta idea está preñada de consecuencias prácticas, derivadas del carácter protagonista del educando, que podría resumirse en la proposición de que lo primero en educación es el dinamismo propio del que aprende; afirmación que no es fruto de una benevolencia humanitaria sino del puro rigor lógico;

h) la educación es ayuda al perfeccionamiento humano; no es educativa la relación de ayuda que no busque intencionalmente elevar el bienestar y la integridad del educando, en mejorar sus potencialidades y extraer de su interior lo mejor de sí. Forzar adaptarse a que obedezca ciegamente, manipular sentimientos, hacer memorizar respuestas, dar resueltos los problemas, etc., no es educar en sentido auténtico. Por el contrario, la acción educativa consiste en suscitar dificultades, plantear problemas, incitar la superación de obstáculos, en crear una atmósfera de confianza para sentirse libre de buscar, de plantear preguntas y dudas, de cuestionar ideas y de abrirse mentalmente a la investigación de la verdad;

i) la educación es formación de hábitos, en particular, referidos al uso de la razón, del pensar inteligente. El ser humano se adueña de sí mediante sus actos; su perfeccionamiento no es una cualidad adventicia, sobrevenida a estirones como el crecimiento corporal en la pubertad. El ser humano se apropia de sí mediante su obrar consciente; los hábitos realizan esa autoposesión, que se adquieren a través de la repetición de actos; pero recordemos que hábito significa también incremento cualitativo de las virtudes -éticas e intelectuales- que forman el carácter de la persona.

Estas consideraciones conceptuales sobre “educación” pueden corregir el sentir común de que la educación se realiza principalmente en las instituciones escolares y en las aulas. Que se enseñe y se instruya en los centros escolares no significa lógica ni necesariamente, que esas acciones sean educativas. Está pendiente, pues, la cuestión de los contenidos y formas de acciones educacionales, es decir, la pregunta problemática: ¿cómo saber si una acción es educativa? Y veremos que aquí también somos herederos del pensar aristotélico.



[1] Ver nuestros ensayos Concepciones de Educación I-VII; Fines de la Educación I-V. 
[2] ARISTÓTELES, Política, IV, 15, 1337 b 37-40.